El administrador del panteón, en pantuflas, gabán
viejo y gorra griega, el periódico en la diestra, avanzaba por la calzada,
teñido de verde por la penumbra de las frondas o danzando en su cuerpo manchas
de luz cuando atravesaban los claros del ramaje un rayo de sol. Notó que un
individuo sospechoso se paseaba entre las tumbas y lo abordó diciéndole:
Landa, entonces, Casimiro Landa, pues él era, siguió
su andar indeciso entre las capillas y callejuelas de monumentos.
Iba mal vestido: abollado sorbete infiltrado de grasa,
un paletó miserable color de habas, pantalones arrodillerados a rayas negras y
zapatos de torcido tacón. Mascullaba un puro; estaba muy pálido y en sus
hermosas sienes blanqueaba ya un vellón de canas, ¡pobre Casimiro! Dejóse caer
en una banca con las manos enclavijadas, las piernas extendidas y los labios
mudos y graves, pensando en tantas cosas de ella, de ella, la querida
Antonieta, la vecina de su época de estudiante, la novia que miraba por la
azotea, que citaba en la misa de siete cada tercer día. Lo despidió el lunes
menos pensado por un militar y, pasados dos años, volvió a encontrarla y
resucitó lo pasado y ¡tenía qué suceder! rompió los conatos de compromiso con
un licenciado en ciernes y volvió a quererlo, porque era preciso, porque fue el
primero, el primero inolvidable, el primero que la besó. La familia se opuso y
quebraron de nuevo, dejaron de verse; pero en el fondo ¡oh! en el fondo
permanecieron lo mismo hasta que se casaron...
Ella porque tenía la obsesión pasional de aquel
muchacho tan ardoroso en sus arranques; él porque Antonieta fue la página más
poética de su romanticismo de colegial, la mujer hecha símbolo, la confidente,
la eterna heroína de sus momentos más bellos, la que reunió más encantos para
impresionar su imaginación, es decir, para hiperestesiarla.
Perdieron el primer hijo, tuvieron disgustos por
cuestiones de presupuesto casero, parecióle peligrosamente superficial pensando
en bagatelas de vestido, cuando él era presa de agiotistas, sin empleo,
agobiado por la mala suerte y emprendiendo la difícil conquista del exiguo
diario. A los celos, a las sospechas quizá infundadas, siguió el insulto;
después descendió de gente decente a plebeyo y la golpeó; y un día, una noche
porque le pareció que un desconocido salía de su casa o quizá fue el amante,
hubo una escena vulgar, gritos, puntapiés, frases soeces, conato de uxoricidio
y esta palabra final:
La vio partir acompañada de una criada con un bulto de
ropas; después supo que vivía con una hermana, más tarde que salía de la
capital con una amiga, que la sostenía un Agente del Ministerio Público, y, por
último, que se tornaba francamente una pecadora.
Y la amaba a pesar de todo, a pesar de su dignidad, a
pesar de su educación, a pesar de sus amigos, a pesar de aquellos párrafos de
periódico que hicieron público el adulterio, por más que sólo dos veces la
había visto: una en un cenador de Tívoli, fumando y rompiendo copas; otra, en
una feria apostando con el dinero de un cincuentón, al As de bastos.
Y ambas ¡oh, ambas! palideció; abriósele la herida mal
cicatrizada, y nostálgico de la mala mujer, se encerraba, ¡despreciable,
pusilánime! a llorar como un niño en su cuarto de hotel.
Le decían la "Chiquita", "Cristina, la
Chiquita". Hasta el dulce nombre de Antonieta, pronunciado entre besos,
entre suspiros, entre sollozos, al oído, como un rumor, como una música, hasta
eso había pedido.
Y ya que no tuvo valor para matarla, ya que no supo
matarse tampoco o matar al otro, merecía rumiar esas memorias amargas, esos
tallos de cicuta de lo inolvidable, de lo vergonzosamente inolvidable.
Tomaba su café, donde hacía años lo tomaba, cuando un
amigo, poniéndole a mano en el hombro, viéndolo como para sugestionarle
estoicismo, le disparó este prólogo brutal:
(Encogimiento de hombros, gesto de espanto y ademán de
abrazar.)
Y en efecto, fue una simple congestión alcohólica. La
"Chiquita" hacía dos días que venía bebiendo mucho y comiendo en el
Tívoli. Bailaba una danza sin poderse tener en pie por la embriaguez y el
cansancio, cuando cayó para atrás amoratada y rígida. Hubo gritos, enmudeció el
piano; las mujeres, volando las batas chillantes, quisieron huir espantadas;
los varones las siguieron y un gendarme, el del punto que hacía la ronda, les
cerró el paso. Acudió el Comisario con el personal de la Demarcación, y el
practicante inútilmente flageló, sacudió, quemó: era tarde. Estaba bien muerta,
ahí en la alfombra, con pelo rojo, zapatillas azules y una gardenia marchita en
la opulenta cabellera.
Cundió la noticia en el vecindario y era de verse, en
aquella casa llena de luz, el ir y venir de las linternas de policía, el
tumulto de los trasnochadores, el cantinero, los dependiente de las tiendas y
aquellas mujeres en cuerpo, taconeando y preguntando qué pasaba.
¡Pobre Chiquita! Como no tenía casa, fue preciso
tenderla en la última pieza, en la de la servidumbre, y para vestirla con traje
de muerta, una criada prestó las enaguas negras, y a falta de saco le cruzaron
sobre el pecho un chal de merino dejando sus hermosos brazos descubiertos. Para
las ceras se cotizaron los presentes, la dueña de la casa circuló un sombrero
en cuyo fondo se reunieron unos siete pesos, y como les causara miedo el
cadáver, lo dejaron solo. ¡Pobre Chiquita! Hermosa todavía, frágil, delicada,
idealmente modelada, en su faz de lividez macabra, resaltaban sus largas
pestañas, sus ojeras violadas, y como contraste irónico en sus pómulos dos
manchas casi reían, en sus labios un vivo carmín, ¡el colorete!
Y aquellas infelices, sus compañeras de vergonzosa
esclavitud, emigraron a la casa de una vecina, porque con la cercanía de un
muerto no se puede reír por obligación, aunque se llore por dentro; cerraron la
vivienda y no tuvieron valor ni para ahuyentar a tres americanos ebrios que
golpeaban el zaguán, gritando:
Paró una carroza de las más humildes seguida de un
vagón. Casimiro huyó refugiándose detrás de un árbol. Sonaron las campanadas de
aviso y entró la caja humilde. Detrás la "Cuca", la
"Madrileña", la "Tarántula", la "Ojerosa",
"Chloe lunares" y dos desconocidas con enaguas negras u oscuras, que
se conocía a leguas que eran prestadas, unas porque arrastraban, otras porque
dejaban descubiertas las zapatillas, algunas de color. Venían varios varones,
el cantinero, el pianista, algunos trasnochadores de camisa sucia y ojos
desvelados y traían flores, ramilletes marchitos con portabuqués finos,
arrancados quizá de los jarrones de un tocador.
Y él la vio pasar, perderse tras los pinos, allá por
donde los pensamientos, como manchas de acuarela, constelaban el verde suave de
los pastos, y no pudo, la siguió, corrió, juntóse a los dolientes. Ninguno de
ellos lo conocía y al ver a ese hombre pálido, desencajado, gesticulando con
hondo dolor, creyéronlo uno de tantos, prendado de la Chiquita.
Quiso verla, verla por la última vez, pero no fue
posible, el cajón no era de cerradura sino clavado; los americanos no dieron
para más, y ni Pepe, ni el Coronel Castroverde, ni Alas, ni Muñoz, tantos que
hablaban, habían sido para proporcionar un centavo.
Alguien, el dueño de un cafetín innoble, un español
forzudo, lo alejó de la fosa al verlo tan descompuesto.
Y aquél ser débil ante el dolor, la perdonaba ahí.
Y Casimiro prometía ir, y tal vez fue ese obcecado,
ahí, al infame lugar donde ella cayó muerta, donde ella escarneció su nombre,
donde todos, todos la tutearon, donde, olvidada en unas horas, al compás de una
danza o una zamacueca, lo recibirían las impúdicas, como ella recibía al
primero que pasaba.
La muerte de Abelardo
Todavía en la mañana lo ví platicando con varios
amigos suyos; merodeó, como de costumbre, las fondas del vecindario y echóse a
eso de las ocho de la mañana precisamente frente al zaguán, en una hermosa
mancha dorada de sol.
Cuando Jesusa, la portera, dueña suya, entró volviendo
de la compra, entregóse Abelardo a locas carreras por la calle; bien sabía que
era hora del almuerzo y seguía con la mirada atenta y la cola expresiva a la
respetable señora. Hubo risas de manteca hirviendo en el sartén, escapóse el
aroma de la salsa; en el sótano, que fungía de portería, y en torno de la
estera, mueble de innúmeros usos, se agrupó la familia, y Abelardo, sentado
sobre las patas traseras, ocupó un lugar entre el albañil y el niño que gateaba
empuñando una tortilla hecha del comal.
Jamás -una experienca adquirida a fuerza de
contusiones se lo había enseñado-, jamás Abelardo se permitió avanzar el
hocico, ladrar gruñir o externar manifestación alguna de apetito; él miraba con
ojos vivarachos de perro bohemio cómo, de la cazuela central, pasaba a las otras
el guiso, seguía el ascenso de las manos del plato a la boca y esperaba su
turno; alcanzaba un hueso que a veces, para hacerlo desesperar, ponían a una
altura exagerada o lo lanzaban a muchas varas de distancia; aprendió a hacer
solos, a pescar un frijol en el aire y a dar la pata antes de recibir el
mendrugo como premio de sus habilidades.
Aquella mañana comió con apetito y lo perdí de vista.
Quizá el presentimiento hizo que recordase, en el trayecto de algunas calles,
escenas de las que él había sido actor. Por ejemplo, discutí el amor de la
gente humilde por un animal que paga con creces una mala pitanza y un peor
trato. Abelardo no hubiera salido de la casa en todo el día, si no fuera porque
estorbaba al barrido y al regado del patio; la escoba lanzada intencionalmente
sobre sus espaldas, le señalaba el rumbo de la calle; los vecinos ni le
agradecían ni toleraban que anunciara con ladridos a cuantos entraban o salían
de la finca, y por eso el vagabundeo constituía su principal ocupación.
A la hora del rancho jamás faltó, y dadas las nueve de
la noche se le arrojaba vergonzosamente al arroyo. Muchas veces llegué tarde y
soñoliento, y muchas veces ví proyectarse junto a la mía su sombra; me seguía
desconfiado y trotanto a veces sobre mis pasos, a veces desde la acera de
enfrente; pero al tocar, pegábase a la puerta, se escurría y sólo así conseguía
dormir en cualquier rincón más abrigado que en la calle batida por los vientos.
Era feo, vulgar, de color amarillo ocre manchado de
diena quemada, hijo de padres viciosos; su constitución raquítica hacía pensar
en las consecuencias de la vida plebeya de los azotacalles. llamóme de él la
atención, su indiferencia para con los gatos y su odio reconcentrado,
implacable, patológico, contra las gallinas, que le producían crísis de cólera
rayanas en la hidrofobia. Oir cantar a un gallo, lo ponía fuera de sí; ver a un
plumífero de la especie, lo sacudía hasta la convulsión. ¿Qué oculto drama, qué
antcedentes misteriorosos originaron ese modo de ser? Lo ignoro. Odiaba la música,
un piano lo ponía en fuga. Era dócil, cariñoso, chancista con los niños, se
captaba fácilmente la simpatía de los terranovas y parecía afectuoso; noté en
él tendencias a la sociedad de los animales de collar o raza fina. había un
aristócrata bajo su zalea de escuintle vulgar y callejero.
Primero acercóse al lebrillo que había en el zaguán y
bebió con avidez, como si lo devorase la sed; la emprendió contra una palangana
de agua jabonosa donde vacían tres sábanas retorcidas y comenzó a tambalearse,
arañó la tierra, lo sacudió un calosfrío primero; el estremecimiento fue
creciendo y los ojos fijos como los de un hipnotizado, las fauces abiertas, sin
un gruñido, rigidas las patas, cayó al suelo sacudido por las convulsiones. Al
verlo las criadas en ese estado, se asustaron; la dueña no estaba ahí; en un
momento circuló la noticia.
- Está envenenado el Abelardo.
Quedóse en medio del patio, inmóvil; más al querer
incorporarse, lo sacudía un nuevo acceso.
Temiendo que fuese rabia, todo el mundo cerró sus
puertas, y desde los corredores, o tras de los vidrios, o por una puerta
entornada, lo contemplaron.
- ¿Qué sucede?
- Que quién sabe qué tiene el perro de doña Jesusita.
- Le han de haber dado yerba.
- Estricnina -dijo el estudiante de la principal,
asomándose al corredor en pechos de camisa, con la izquierda dentro de un
zapato y la diestra armada del cepillo de bolear-. Estrictina -repitió-,
convulsiones tetánicas. Sáquenlo a la calle.
Nadie se atrevió a hacerlo. Un muchachillo acudió por
fin y lo tomó de las patas traceras, lo meció dos o tres veces y lo arrojó al
empedrado. Al golpe, el animal volvió en sí, pudo incorporarse un poco, se
arrastró con el flanco dejando un reguero de babas, y el ojo quemado por el sol
del mediodía, el estómago con expansiones y contracciones de fuelle, con ansias
de jadeo, las narices abiertas, los blancos colmillos al aire y la lengua
caída, así estuvo breve rato. No había perdido el conocimiento; el ruido de los
vehículos le sobresaltaba y el amor a la vida, el temor de perecer triturado,
lo espoleaban para arrastrarse hasta la acera.
Entretanto, el vecindario estaba conmovido, en los
balcones y en los zaguanas se asomaban caras curiosas, los mandaderos
interrumpían su marcha para formar círculo a la víctima, y los niños, movidos
por malsana curiosidad, o lo lapidaban o lo punzaban con palos y bastones.
Se llamó al gendarme para que le diera un tiro; si era
rabia, matarlo; si estaba envenenado, ¿por qué no acortarle la vida? El joven
guardián se negó; los balazos tronaban fuerte y se hacía escándalo.
El animal, en tanto, volvía los ojos a la calle de la
Granja, como si por ella esperara ver llegar a doña Jesús; pero doña Jesús no
aparecía. El licenciado del 6, que se había bajado del tren, se detuvo en la
esquina y no entró en su casa; precisamente frente al zaguán de ella expiraba
Abelardo. Acercóse para retroceder, no podía evitarlo, tenía un miedo mortal a
los perros y hubo de tomar un coche que lo dejó precisamente a cinco varas del
intoxicado, trepando escaleras con prisa de perseguido. después, risueño y
valeroso, se asomó al balcón; era una de los que gritaban al gendarme.
- Mátelo, gendarme, ¿no ve que tiene rabia? Babea y
eso es malo.
Tres o cuatro perros lo olieron y los mismos se
pasaron de largo sin parecer inquietados en lo más mínimo por aquella bárbara y
lenta agonía.
Por fin apareció doña jesús; ya lo sabía todo, hacía
cinco calles que se lo habían dicho. No sólo, ya le azuzaba la sospecha de que
la autora del canicidio fuera la portera de enfrente, enemiga suya. Era muy
sospechoso que todos menos ella contemplaran el fin del animal, y más
sospechoso todavía que tuviera amarrado a su Confite del barandal de la
escalera. Doña Jesusa no pareció conmoverse mucho.
- La ve a usted, doña jesusita. Pobrecito perro,
¡hasta se diría que llora! No le falta más que hablar. ¡Ánimas, qué saltos!
¿Qué sentirá? Es una inhumanidad que los martiricen así. ¿Qué hacen los pobres?
A ver tú, Jazmín, ven acá, cuidado y te vas y te pasa lo mismo.
- Por eso el mío tiene collar.
- Y el mío no come nada que yo no le dé; está muy bien
enseñado.
- Seis centavos dan por cada uno que matan …
- Ahora si creo que se murió.
En efecto, un largo sacudimiento volteó boca arriba el
Abelardo; las cuatro patas, rígidas, hacia el cielo; el hocico abierto, como si
aspirase una ancha bocanada de aire. Después cayó de lado, aflojáronse los
miembros, la cabeza doblose sobre el pecho y una oreja, una hermosa oreja
lanuda, cubrió el ojo que veía fíjamente las lejanías. Lo sacudieron, lo
alzaron de la patas y la cola … Había muerto.
Todos se dispersaron, quedóse en medio de la calle.
Doña Jesusa comió sin aquel huésped de su mesa, y a las dos horas un perro que
pasaba olfateólo por última vez. El licenciado, tranquilo y sin recelo,
encendió un cigaro esperando el tren junto a los rieles, y se entretuvo en
picotear al cadáver con la punta de su paraguas.